miércoles, 31 de agosto de 2011

Pantalones de Cuero

Prometió ser la última vez que oliera a cannabis su artesanal cenicero. No siempre fue como aquel día, todo lo contrario. Desde niño nunca faltaron los trompos ni mucho menos las canicas, amontonándose unas contra otras dentro de aquel búcaro. Nuca faltaron ni la bicicleta a fin de curso, estímulo por las notas obtenidas, como tampoco los viajes a la playa ni los castillitos de arena, ni los helados coopelia cada domingo, ni las promesas de llegar a ser el ingeniero que nunca alcanzó a ser su padre.En ausencia del cariño y la atención se fue torciendo aquel árbol. Ya no fueron la bicicleta, ni viajes a la playa y menos aún las notas a fin de curso (ya eso se camuflaba con un ¡salí bien¡), lo que abriría las puertas a un mundo desconocido, sin aún conocer el que tenía por delante.

Transcurría aquel viernes entre herramientas y hedor a grasa del camión destartalado. Su uniforme no era mas que un destino siniestro por el cual resbalaban a menudo sus manos luego de ajustar la última tuerca. Se oía por entre los barrotes del taller de mecánica el estruendo de un martillo contra el testarudo metal resistiéndose a la gravedad. De entre algún almacén de piezas de respuesto salía un traficante de la peor calaña, colaborador de la historia para los automóviles de las años cincuenta, historia cobrada en pesos convertibles. El chiste del anciano a punto de jubilarse amenizaba el ambiente de desesperanza y angustia. El llamado a la merienda de la mañana anunciaba nuevamente la furia de las gallinas al arrebatar los capullos de sus futuros polluelos. Con cada mirada a su reloj de pulsera se formulaba una nueva amenaza contra el minutero. Las cuatro de la tarde sería la hora feliz, tiempo de despojo de grasientos pantalones y sudorosas camisas, tiempo de lo que una vez llamara entre sus amigos de rara vestimenta 'tiempo de volar'. Llegada la hora de ingresar al infierno de la casa-madriguera era preferible dejar pasar por alto las protestas de los Osos y adentrarse los mas profundo posible en la habitación, único lugar donde descansar las horas gastadas entre gentes de esta galaxia, la cuál no consideraba la suya. Posters de extravagantes pandillas de rock'n roll y pinturas con sentido peculiar ocupaban todo el recinto, así como títulos de Miguel Barnet o Agatha Christie. Botella olvidada en un rincón clamaba por vaciar su último trago.

El alarido de papá Oso no sería esta vez buscando al culpable por haberse bebido toda su sopa, seguido de un timbre de teléfono se oye un 'tito, nuevamente ese pelú te está llamando', preocupaciones de que esa noche se extendería un poco mas de lo normal. En ese momento hubiera querido papa Oso haber tenido mas tiempo para construir juntos castillitos de arena.

Pantalones de cuero y botas acordonadas hasta media pantorrilla complementarían lo que fuera un ejemplo de estrella de rock, o mas bien un fantoche mal querido imitando en una ciudad de rojos cualquier ciudadano de una de azules. Nuevamente evadir el paso de los Osos con sus protestas acompañadas de un 'vuelve temprano', frase aquella nunca antes menos ignorada. Esta noche sería especial, vendría un amigo de provincia con algo que consumir a orillas de la costa. quizá alguna grupie desconsolada sería la víctima esa noche. Parada repleta de rojos, chóferes inconformes con su salario; total habría que caminar hasta el lugar de encuentro, no serian mas de diez cuadras, acompañadas de la primera botella encontrada en la primera cafetería en camino. Saludo de manos seguidas de un trago confiesan que era el momento indicado para desaparecer de toda vista delatora. Ya en mente se había reservado un espacio en la costa al lado de la grupie, por cierto, según ella se llamaba Marlén. Esta noche no sería de las mejores pero menos aún de las peores.

Luego de debates de Judas Priest y Iron Maiden aparece de dentro de la mochila un poco de algo seco y altamente oloroso, olor no desconocido entre los presentes. Sería un porro para cada uno, suerte que se había traído su papel de torcer, en ocasiones anteriores habria sido trozos de papel de recibo. Luego de reír mas de la cuenta y confundir a cada momento a Marlen con alguna diferente llega la jodida mañana. Era inevitable volver a la madriguera sin pasar por los azotes de preguntas de los Osos. Decididamente luego de desayunar algunos cangrejitos dulces el autobús escoge el lugar al que ir a descansar o mejor dicho, a seguir con la resaca incrustada ya de por vida en sus sienes. La parada al costado de una iglesia anuncia que ya era hora de desmontar para proseguir el camino a pie. Se alegra la botella de ser rellenada con el líquido raro que vendía quiko al fondo de solar. Acompañado solamente por Marlen, Julito y Yisel son recibidos por la aldaba que se anuncia a la llegada de la madriguera. Por suerte los Osos ya estarían cumpliendo con su deber social esa mañana. El ambiente despejado invita a apartar los sueños y darle paso a las alegrías comprimidas. No faltaba mas que un porrillo para comenzar la mañana de la mejor manera.

Julito y Yisel suben al cuarto de la planta alta, se acababan de conocer y un poco de privacidad era todo lo que necesitaban para descubrir cuán rápido ella se corría en estado de ebriedad. Todo parecía un experimento a lo Frankestein, tornillos destrozados fuera de cavidades craneanas iban a chocar contra paredes bien pintadas, sujetadores y bragas ya no tenían espacio alrededor de la fruta prohibida. Tal indios a la orilla de una fogata agonizaban las copas y el humo nublaba el aire. Armado solamente de sus botas de cuero, un cigarrillo algo extraño y un condón que nunca llegaría a cumplir su objetivo se hacía imposible ignorar psicodélicos acordes Led Zeppellin, caladas a lo Morrison, embestidas de sexos unos contra otros y surfeos entre olas de semen y placer.

Entre ojos inyectados de sangre, manos temblorosas y desabrochados pantalones se encuentran los Osos a la manada. No faltó el grito de asombro '¡nunca pensé que llegarías a tal extremo¡', se oía en cada descubrimiento de lo acontecido. En la planta alta estaría todo peor, ya había tiempo de subir las escaleras. Casi el infarto provocado al ver las sábanas de seda que tomaban cúrsiles figuras de cielo y cisnes, trabajo de mamá Oso antes de cepillar los dientes y que ahora solo figuraban algún tipo de nido de la ave mas reacia, harían despertar del eterno letargo a Julito. Reproches contra la pereza de Yisel se convertirían horas más tardes en disculpas con sus Osos y declaraciones al oficial del DTI en el pasillo de la morgue. De sus labios nunca más se oiría un 'buenos dias', todo lo que de ellos brotaba era una especie de fluido de extraño color. Sus caderas nunca volverían a alegrar otro cuerpo. Tres pares de esposas eran las necesarias para controlar la complicidad de aquel hecho. ¿Culpable?... La ley impuesta por la propia ley decide que no había suficientes pruebas para privarlos de su libertad.

¡Hola, me llamo Pablo, tengo veintidós años y soy adicto¡.¡Hola Pablo¡, respondían a coro.

Renier Ortiz Mondejar (SirOrtiz).